Piensa en esa hora en que la luz cruza la cortina y llega al brazo de un sillón. El libro sigue cerrado. La taza ya está fría. Y tú, que ibas de paso, te sientas. Hay decisiones de diseño que se entienden así: cuando el cuerpo encuentra su lugar antes de que tengamos una explicación.
¿Por qué un rincón nos invita a bajar la voz y otro parece exigirnos que terminemos pronto? A veces hemos elegido el sofá, la mesa y hasta ese objeto que tardó tres meses en llegar. Luego encendemos una luz blanca sobre nuestras cabezas y todo adquiere el encanto de una sala de espera. Una inversión considerable para sentir que falta nuestro turno.
Me interesa lo que sucede entre la luz y aquello que toca. Una cortina que la filtra sin borrar el día. La veta del nogal que aparece al caer la tarde. Una lámpara cerca del libro, otra que acompaña la conversación. También la sombra: ese espacio donde la mirada puede descansar sin que todo reclame atención.
Antes de decidir qué cambiar, vale la pena visitar la misma habitación por la mañana, por la tarde y de noche. Sentarse en otro lugar. Encender una sola lámpara. Observar qué se vuelve amable y qué empieza a incomodar. La casa suele dar pistas; conviene dejar de mirar el teléfono para encontrarlas.
Quizá ese rincón todavía no necesita un mueble nuevo. Quizá necesita la luz que te haga volver a él. ¿Dónde te sentarías esta noche si pudieras elegir únicamente por cómo te hace sentir?
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